: ABOUT OUR 

Para nosotros, viajar y fotografiar son inseparables: es la luz la que nos guía, el color el que nos inspira y cada imagen la que nos recuerda por qué el mundo merece ser descubierto

Transformamos nuestra pasión por descubrir el mundo en imágenes que capturan la esencia de cada destino, combinando la mirada curiosa del viajero con la sensibilidad artística del fotógrafo.

MEET OUR TEAM

Nuestro equipo está formado por dos viajeros fotógrafos y creadores visuales que, además de capturar cada rincón del mundo, también somos los protagonistas de muchas de las imágenes que compartimos. Cada viaje es una aventura que vivimos delante y detrás de la cámara. Y aunque hoy seguimos creando con la misma ilusión de siempre, llevamos en el corazón a nuestro gran compañero y ‘actor’ de tantas historias, Adolfo, que nos dejó en junio de 2025, pero cuya luz sigue inspirando cada fotografía.

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Manuel Torres

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Manuel Jiménez

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Adolfo

Rectangle 159-300x450

Marie Brunner

The Story Behind My Passion for Photography

Mi pasión por la fotografía nació mucho antes de que yo lo supiera. Desde niño crecí literalmente entre fotografías: latas de galletas llenas de copias, negativos y clichés; álbumes repletos de imágenes que contaban historias; y mesas siempre ocupadas. Mi padre era fotógrafo de profesión y, en casa, aquello formaba parte natural del paisaje. Mi hermana y yo pasábamos horas ayudando en lo que podíamos: elegíamos las fotos más bonitas, las mejor encuadradas, aquellas que creíamos que debían formar parte de los álbumes de bodas que él preparaba para sus clientes. Después venía la parte más delicada: pegar las fotos en las páginas, siempre con un enorme cuidado para no tocarlas con los dedos —si lo hacíamos, nos regañaban— porque sabíamos que aquellas imágenes eran especiales.

Además, las fotografías no solo estaban presentes en el trabajo de mi padre, sino también en nuestra vida familiar. En muchas reuniones, y especialmente en Navidad, sacábamos aquellas latas y álbumes para ver las fotos una y otra vez. Era un ritual cargado de emoción: recordar los años pasados, reírnos con los peinados antiguos y de la vestimenta, reconocer rostros que ya no estaban, y volver a vivir momentos que solo existían gracias a que alguien los había capturado. A día de hoy seguimos haciéndolo, como una tradición que nos une y nos recuerda de dónde venimos. Crecer rodeado de todo eso —de imágenes, de recuerdos, de historias congeladas en papel— moldeó mi manera de mirar el mundo mucho antes de comprenderlo.

En los años setenta tuve mi primera cámara, una AGFA AGFAMATIC 2000 Sensor Pocket Camera 110mm Film. Pequeña, sencilla y rectangular, fue mi primer tesoro. Hacía fotos sin demasiada técnica, pero con la emoción de quien siente que está capturando algo único. Sin embargo, lo que realmente me atrapaba era jugar con la réflex de mi padre —siempre sin carrete— solo para mirar por el visor y escuchar ese clic que sonaba a futuro. Había algo profundamente hipnótico en ver el mundo recortado dentro de un marco, como si todo se ordenara mágicamente.

Con la adolescencia y la vida adulta, la fotografía quedó un poco dormida, pero nunca desapareció. A principios de los años noventa, una Olympus µ[mju:]-1 Camera 35mm volvió a despertar esa vieja emoción. Con ella empecé a prestar atención a lo que antes pasaba desapercibido: la luz de las tardes, la geometría de las sombras, las miradas fugaces. Mi aprendizaje era totalmente autodidacta, pero seguía muy presente la voz de mi padre, sus consejos sobre el encuadre y la paciencia, sobre esperar el momento justo. Sin saberlo, él me estaba enseñando algo más profundo: que en la fotografía no se captura solo una imagen, sino también una intención.

Pero en el año 2000 mi padre falleció, y con él se fue la posibilidad de seguir aprendiendo de su mano. Fue una pérdida inmensa, también para mi crecimiento como fotógrafo. Aun así, aquella ausencia se convirtió en un motor. Empecé a sentir que cada fotografía era una forma de mantener un diálogo con él, un modo de demostrarnos mutuamente que su legado no se había apagado.

En 2002 di un paso decisivo: compré mi primera réflex propia, una Canon EOS 300, y fue entonces cuando empecé a aprender de verdad lo que significaba dominar la luz, el enfoque y la técnica fotográfica. Aquella cámara me obligó a ser consciente de cada decisión: medir correctamente, elegir el diafragma adecuado, comprender la velocidad de obturación y aceptar que, muchas veces, un error podía arruinar un carrete entero. Aprendí a base de prueba y error, y aunque siempre fui autodidacta, la falta de tiempo por motivos laborales hizo que nunca pudiera realizar un curso formal como me hubiera gustado. Mi única formación “real” había sido años antes, en 1992, durante la experiencia inolvidable en la rehabilitación del pueblo abandonado de Búbal (Huesca), dentro del programa estatal. Allí recibimos un pequeño taller de fotografía y revelado que me dejó marcado: fue la primera vez que entendí que la luz no solo se ve, sino que se interpreta.

En 2003 llegó la Werlisa PX 4500, mi primera cámara digital. Aunque su calidad, de unos 4.5 megapíxeles, hoy pueda parecer mínima, en aquel momento era una auténtica revolución: poder disparar sin miedo a gastar carretes, borrar lo que no funcionaba y revisar la imagen al instante. Aquella inmediatez abrió un nuevo capítulo en mi aprendizaje. La nitidez no era comparable a la fotografía analógica, pero lo que ofrecía en libertad, experimentación y rapidez era impagable. Dos años después, en 2005, di otro gran salto con la Canon EOS 250D digital, que unía la precisión réflex con las ventajas de la nueva era digital. Ese fue, sin duda, un antes y un después en mi forma de fotografiar.

La evolución continuó. Llegó la Canon EOS 700D, con la que perfeccioné mi técnica y mi forma de componer. Fue con ella cuando realicé mis primeros time-lapse, mis primeras pruebas de slow motion y me adentré en el mundo del vídeo. Casi al mismo tiempo empecé a trabajar con una GoPro Hero 3, con la que exploré perspectivas distintas y más dinámicas. Con ambas cámaras di mis primeros pasos en la producción de vídeos, muchos de los cuales aún pueden verse en mi canal de Vimeo.

En 2007 también llegó otra cámara especial: la Canon IXUS 70. Compacta, elegante y siempre lista, me acompañó en viajes, paseos y momentos cotidianos. Más adelante, justo antes de la pandemia, adquirí la Canon PowerShot G7 X Mark III, que me devolvió el gusto por la fotografía espontánea. Por desgracia, tuvo un final inesperado: se estropeó, la envié a reparar y la mensajería la perdió. Nunca volvió. Aun así, guardo un recuerdo muy especial por todo lo que capturé con ella.

Paralelamente, comencé también a descubrir el potencial fotográfico de los teléfonos móviles. La evolución de sus cámaras me permitió capturar imágenes sorprendentes con un dispositivo que siempre llevaba encima. Muchas de esas fotografías forman parte hoy de mi web, y otras están publicadas en mi cuenta de Instagram. Incluso tuve la satisfacción de que una de mis imágenes de Oslo llamara la atención de la oficina oficial de turismo de la ciudad, VisitOslo, que me pidió permiso para publicarla en su web visitoslo.com. Fue un momento que me reafirmó en que la pasión y la mirada importan tanto como el equipo.

Hoy sigo recorriendo este camino con la misma pasión de siempre. La Canon EOS 700D continúa siendo parte esencial de mi equipo y, junto a ella, mi Sony Alpha ZV-E10 II me ofrece nuevas posibilidades tecnológicas y creativas. Cada cámara ha marcado una etapa, pero el impulso es el mismo desde aquel día en el cuarto oscuro de mi infancia: la necesidad de detener el tiempo, de capturar una emoción, de contar una historia sin palabras.

Fotografiar, hoy lo sé, ha sido siempre una forma de mantener vivo lo que mi padre me enseñó. Cada encuadre, cada disparo, cada experimentación técnica es una conversación silenciosa con él. Y mientras siga teniendo una cámara entre las manos, esa conversación nunca terminará. Por eso también nace mi web: para mostrar al mundo algo que me apasiona profundamente —viajar y fotografiar— y compartir a través de mis imágenes todo lo que mis ojos y mi corazón descubren por el camino.

Manuel Torres Mira